domingo, 31 de agosto de 2008

Letra 88, 31 de agosto de 2008


MUCHAS VERSIONES DISTINTAS, UNA SOLA PALABRA VERDADERA
Alfredo Tepox V.
La Biblia en México, junio de 2006


Muchos años han transcurrido desde que esos titanes de la Palabra que fueron Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera enriquecieron nuestra lengua castellana, el primero, con su bella versión de la Biblia, y el segundo, con su prolija revisión de la obra de aquél. Muchos de nosotros recordamos todavía y citamos de memoria nuestros textos favoritos según la revisión de 1909 que, aunque distante ya de los giros típicos del Siglo de Oro de las letras españolas, cuenta todavía con la sonoridad que Reina y Valera supieron imprimirle.
Durante más de cuatro siglos la versión Reina y Valera ha sido, literalmente, la reina de las hasta hace poco escasas versiones españolas de la Biblia. Tal reinado, sin embargo, ha sido circunstancial. Recordemos que la lectura de la Biblia se ha efectuado desde las «catacumbas» del protestantismo, y que sólo después del Vaticano II se ha generalizado entre la grey católica, donde ha habido un verdadero «boom» de traducciones bíblicas: Nacar-Colunga (NC), Bover-Cantera (BC), Biblia de Jerusalén (BJ), Ediciones Paulinas (EP), Biblia Latinoamericana (BLA), Nueva Biblia Española (NBE), Biblia del Peregrino (BP), etc. Del lado protestante, hay que mencionar algunas versiones del Nuevo Testamento, como la Versión Hispanoamericana (VHA) y la Biblia de las Américas (BA), revisiones de Reina Valera Actualizada (RVA), y dos traducciones de toda la Biblia: la versión Dios Habla Hoy (DHH) y la Nueva Versión Internacional (NVI).
Ante esta miríada de versiones de la Biblia, no faltará quien se pregunte: «Si es verdad que la Biblia es la Palabra de Dios, ¿Cuál de todas estas versiones es esa Palabra?» La respuesta puede parecer desconcertante: todas ellas en conjunto, y ninguna de ellas en particular. “Pero ¿cómo puede ser eso posible?”, objetará alguien más. Y la respuesta es que debemos entender que cuando confesamos que la Biblia es la Palabra de Dios, no estamos limitando el sentido de «palabra» a la simple unidad fónica o léxica, hablada o escrita. De ninguna manera. La «palabra», en relación con Dios, es algo más, mucho más, que una etiqueta pegada a un objeto.
Tal vez dos metáforas bíblicas puedan ayudarnos a entender este aparente problema: la confusión lingüística que tuvo lugar en Babel, y la perfecta comunicación que tuvo lugar aquel glorioso día de Pentecostés. En el primer caso, la soberbia del hombre por «hacerse un nombre» fue la causa de que una sola lengua llegara a ser fuente de confusión; en el segundo, el deseo ferviente de los discípulos por “proclamar” “las maravillas de Dios” hizo el milagro de que muchas voces en muchos oídos comunicaran un solo mensaje: ¡He aquí una más de las muchas maravillas de Dios! Dice el autor de la Carta a los Hebreos en el principio mismo de su discurso (1.1): “Dios, que muchas veces y de varias maneras habló a nuestros antepasados en otras épocas por medio de los profetas, en estos días finales nos ha hablado por medio de su Hijo”. Como podemos ver, Dios, entre los múltiples modos en que se ha comunicado con los seres humanos, parece haber mostrado siempre una clara preferencia por el lenguaje. Pero el lenguaje es rico en significado, y aunque se vale de las palabras, éstas no agotan tal carga de significado en su sentido primario y referencial. Con esto quiero decir que aunque “árbol”, por ejemplo, ciertamente significa una “planta perenne, de tronco leñoso y elevado, que se ramifica a cierta altura del suelo”, (si hemos de atender a la definición que de tal vocablo nos da el diccionario de la Real Academia de la Lengua), cuando asociamos este vocablo a otros, tal asociación activa un mecanismo que produce nuevos significados. Si así no fuera, todas y cada una de las palabras en todas las lenguas de este mundo tendrían un solo significado, y todos los libros que se han pronunciado dirían una y la misma cosa. Sin embargo, las bibliotecas existentes, y los salones de clase, y los sermones dominicales, y las charlas de café, y hasta los chistes (¡sobre todo, los chistes!) nos muestran que una sola palabra tiene dos, tres y hasta más significados. Además, la historia del lenguaje nos demuestra que las lenguas cambian con el tiempo, de modo que si en los días de Cervantes “de espacio” significaba «a cierta distancia», ahora «despacio» puede significar “quedo” o “lentamente”, sin que podamos explicarnos, al menos no con facilidad, tal distancia de sentido.
Este cambio constante del lenguaje nos lleva a prestar atención a estas aparentes sutilezas, las cuales cobran gran importancia cuando se trata de entender hoy el mensaje de siempre. El texto de la Carta a los Hebreos citado antes nos dice que a través de la historia Dios ha estado procurando establecer comunicación con el hombre “muchas veces y de varias maneras”. ¿Por qué “muchas veces”? Porque ha estado hablándoles a generaciones distintas y distantes. ¿Por qué “de varias maneras”? Porque cada grupo humano, y cada hombre –y, en efecto, quiere hacerlo y lo hace- tiene que echar mano de todos sus recursos comunicativos. Lastimosamente, del hombre no se puede decir lo mismo, ni en su comunicación con Dios ni en su comunicación con sus semejantes. Con esta breve visión de los cambios lingüísticos a través del tiempo y del espacio tal vez podemos ver ya la necesidad de las varias traducciones de la Biblia. Por ejemplo, cuando el lector del siglo XVI leía: “¿Son estos todos los mozos?” (1 Samuel 16.11), seguramente entendía que la pregunta de Samuel a Isaí tenía que ver con los hijos de este último; hoy día, sin embargo, no pocos lectores se preguntarían por qué Samuel le preguntaba a Isaí acerca de sus “criados” o “meseros”. Malos entendidos como este hacen necesario contar con nuevas versiones de la Biblia, como la versión Dios Habla Hoy, que en este caso traduce: “¿No tienes más hijos?”.
Hay casos, como el de Génesis 1.14 en que los términos no son tanto equívocos cuanto arcaicos: Haya lumbreras en la expansión de los cielos (RVR 1960). Que haya luces en la bóveda celeste (DHH). Que haya luces en el firmamento (NVI).
En algunos otros, los términos en el texto original son ricos en sentido, y difícilmente una sola palabra bastaría para reflejar toda su riqueza de significado. Sin embargo, y a pesar de las limitaciones lingüísticas que alguna lengua particular pudiera tener, siempre podrán hallarse términos más aptos que otros para que la nueva traducción exprese con mayor fuerza el sentido del original. Veamos, por ejemplo, el Salmo 136.1 Alabad a Jehová, porque él es bueno, porque para siempre es su misericordia (RVR 1960). Den gracias al SEÑOR, porque él es bueno; porque su amor es eterno (DHH). Den gracias al SEÑOR, porque él es bueno; su gran amor perdura para siempre (NVI).
Hay otros casos en que la fuerza del original demanda un cambio en la retórica de la palabra, frase o discurso que se traduce. Ejemplo de ellos es el capítulo 1 de Isaías, de donde tomamos sólo el versículo 12: ¿Quién os demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? (RVR 1960). Ustedes vienen a presentarse ante mí, Pero ¿quién les pidió que pisotearan mis atrios? (DDH). ¿Por qué vienen a presentarse ante mí? ¿Quién les mandó traer animales para que pisotearan mis atrios? (NVI).
Este ejemplo de Isaías nos muestra una más de las razones para contar con nuevas versiones de la Biblia: en algunos casos se hace necesario explicitar información latente o implícita en el texto original. Quien lea RVR 1960 o DHH entenderá que el reproche del Señor en cuanto a “hollar” o “pisotear” sus atrios va dirigido a personas, pero la NVI deja en claro que, aunque el reproche va dirigido a personas, quienes huellan o pisotean los atrios del Señor son los animales que esas personas llevan allí.
La Biblia es también poesía. Aproximadamente una tercera parte del Antiguo Testamento ha sido escrita en forma poética. Si deseamos acercarnos más al sentido poético del texto bíblico, resulta indispensable contar con una o varias versiones que intenten reflejar tal carácter. He aquí una pequeña muestra del Cantar de los Cantares (6.10), donde dos versiones han trascendido a la letra para intentar penetrar en el espíritu poético de esa letra: ¿Quién es esta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden? (RVR 1960) ¿Quién es ésta que se asoma como el sol en la mañana? Es hermosa como la luna, Radiante como el sol, ¡Irresistible como un ejército en marcha! (DHH). ¿Quién es ésta, admirable como la aurora? ¡Es bella como la luna, radiante como el sol majestuosa como las estrellas del cielo! (NVI).
Podríamos abundar en ejemplos como estos, pero ojalá el lector haya notado ya, en las aparentes diferencias entre las tres versiones citadas, el sentido profundo del texto bíblico. Todas ellas, en su conjunto, nos dan una percepción más amplia del sentido del texto, pero ninguna de ellas, en particular, lo agota. Hoy día, cuando contamos con tantas versiones nuevas del Mensaje eterno, ¿por qué no profundizar nuestra lectura de éste, comparando nuestra versión, favorita con esas nuevas versiones? Si lo hacemos así, estaremos poniendo fin a la lectura literal, que tanto daño nos ha hecho, y estaremos penetrando en los tesoros de la sabiduría inefable de Dios.

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