sábado, 19 de octubre de 2019

Actividades y avisos


OREMOS POR LA REUNIÓN CONGREGACIONAL DEL PRÓXIMO DOMINGO

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 22 de octubre, 19 hrs.
Modera: Hna. Ruth Carrillo Andrade

Llamamiento: Salmo 118.21-29
Oración de ofrecimiento
Himno: “Hay momentos” (394)
Círculo de oración y testimonios
Lectura bíblica: Nehemías 12.40-47
Tema: Distribución de tareas (II)
Himno: “Un vaso nuevo” (301)
Ofertorio
Bendición pastoral

ASPECTOS RELIGIOSOS DEL SEGUNDO TEMPLO
Sandro Gallazzi

L
os cambios de “filosofía” son más que evidentes: toda celebración tiene como objetivo y como lógica, en el texto del Deuteronomio, la “alegría” de la casa. El oferente come siempre, a no ser en el caso del holocausto, del sacrificio ofrecido que de esta manera pasa a ser una verdadera refección sagrada. El diezmo mismo, las primicias y los primogénitos, serán ofrecidos y comidos comunitariamente. La atención a los pobres (huérfano, viuda, extranjero, levita) es típica de este código y sobrepasa todos estos gestos cultuales.
La memoria de la historia del pueblo, desde Abraham hasta el éxodo, marca su presencia (Dt 26.5-10) en uno de los textos más antiguos y más lindos de toda la Biblia. La preocupación por la “alegría” de la casa nunca es explicitada en los textos postexílicos: diezmo, primicias, primogénitos pertenecen ahora a levitas y sadoquitas. Aparece, en los detalles, la ofrenda obligatoria/tributo. El destino de todos esos bienes es la sala del tesoro del templo.
El único sacrificio del que va a participar el oferente será el sacrificio pacífico o de comunión, sobre el cual no se dice casi nada. El Levítico (7.34), sin embargo, legislará sobre él estableciendo la parte que corresponde al sacerdote: la espalda, las quijadas y el estómago (Dt 18,3) serán cambiados por las costillas del pecho y por el muslo derecho: ¡el muslo del tributo!
Más importante es la creación de nuevos gestos sacrificiales: son las “cosas santísimas”: la oblación, el sacrificio por el pecado y el sacrificio de reparación. Completamente ausentes en el Deuteronomio, estos ritos garantizan el alimento para los sadoquitas: ¡son “sagrados entre los sagrados”!

La oblación
La oblación era, en su inicio, un “presente” ofrecido a amigos y autoridades y, en este caso, algunas veces, era obligatorio. Cuando este “presente” era ofrecido a Dios era quemado completamente. La voz profética se elevó varias veces contra la oblación cuando era celebrada sin compromiso por la justicia (Is 1,13; 43,23; 57,7; 66,3; Jr 14,12; Am 5.22-25).
La crítica más fuerte la encontramos en 1 S 2,17.29 que acusa a los hijos de Elí de “pisar” la oblación y de “engordar” con la oblación ofrecida por el pueblo. Apoderarse de esta ofrenda, que era exclusiva de Dios, era más que un abuso.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

27 – Día de la Reforma Protestante / Reunión congregacional / Culto Unido de la CMIRP

Repoblar la ciudad y renovar la vida del pueblo, A.I. Edith Martínez Vázquez


20 de octubre de 2019

Donde está Dios siempre hay renovación, crecimiento, movimiento y cambios.

Donde está Dios no hay estancamiento ni lugar a la mediocridad porque Dios es Perfecto.

Dios levanta de las cenizas una gran construcción; Dios levanta de la muerte a la vida a nuestro Señor
Jesucristo; Dios vence la destrucción y lo hace nuevo; porque Dios es Creador, es Sustentador y su
Perfección y Santidad son absolutas.

Éste es el Dios que nos ama y que nos ha amado desde la eternidad. Éste es el Dios que mostró al pueblo de Israel que confiando en Él las cenizas sólo quedan en el recuerdo porque Él nos da el ánimo, el sustento, las fuerzas, la inteligencia y todo lo necesario para salir adelante.

En Nehemías 7:4 nos dice “Porque la ciudad era espaciosa y grande, pero poco pueblo dentro de ella, y no había casa reedificadas”; por tanto, al lugar al que se tenía que ir era un lugar que implicaba esfuerzos, cambios y, aunque ya habitaban los jefes del pueblo, empezaron a echar suertes para traer a uno de cada diez para morar en Jerusalén, es decir 10% y otro 90% en otras ciudades.

El echar suertes era saber cuál era la voluntad de Dios, así como lo muestran algunos versículos en Números 26:52-56; 1º Samuel 14:41-42; Proverbios 16:33.

Irse a una ciudad nueva implicaba reconstruir casas, renovarse en todo: en lugares, en calles, en casas, quizás en alimentos, costumbres, en amistades, todo diferente; dejar atrás la comodidad, que quizás algunos ya tenían, y hacerlo todo diferente.

Cuando Dios trae cambios es un hecho que quiere que nos renovemos, que aprendamos, que soltemos
costumbres y que conozcamos otras cosas, que maduremos, que experimentemos.

A veces pareciera que somos forzados a movernos, a cambiar y si es así es que ¡algo diferente quiere para nosotros o de nosotros!

Para que el pueblo de Israel estuviera preparado para el cambio, antes hubo la lectura de la Ley; donde hubo una explicación de lo que Dios había hecho en el pasado con el pueblo, una concientización de quién era ese Dios que los había estado acompañando todo el tiempo.

El pueblo se humilló delante de Dios, pidió perdón y se reconcilió con Dios.

Al renovar esa relación de ellos con Dios la actitud es diferente, la esperanza y la fe son reforzadas y lo nuevo resulta retador pero interesante porque se reconoce que Dios va con nosotros.

No era sencillo pensar en llegar a una ciudad relativamente vacía; sin embargo, el pensar en llegar a la Ciudad Santa seguramente cambiaba el contexto.

Así nosotros somos cuando ante el cambio pensamos que Dios va de la mano con nosotros, porque donde está Dios ¡ese lugar es santo! (1ª Pedro 2:9; Éxodo 3:4). Y aunque el cambio parezca incierto, no olvidemos que donde está Dios hay seguridad.

A la ciudad de Jerusalén se fueron personas que tenían asignada una misión, no sabemos si lo sabían o no, pero cuando Dios nos mueve siempre tiene un objetivo.

Se fueron hijos de Fares, hijo de Judá, quienes eran hombres fuertes y de guerra; hijos de Benjamín,
hombres de gran vigor; sacerdotes, levitas, porteros, sirvientes del templo, cantores. Estas personas
dejaron sus casas, sus ciudades, sus amigos, sus comodidades por seguir el llamado de Dios, el cambio que

Dios les estaba ofreciendo con un nuevo horizonte.

Así como Abraham dejó su tierra y su parentela por seguir el cambio de Dios, solamente confiando en su Hacedor. Génesis 12:1. Para que Dios repoblara la ciudad y renovara la vida del pueblo, primero estaba renovando la vida de cada una de las personas que estaban llegando a Jerusalén, el cambio era personalizado y la suma de esos cambios resultaría en la renovación del pueblo.

Renovar es recobrar la vida y el vigor, es cambiar, es hacer nuevo, es dejar atrás, cerrar ciclos, abrir
oportunidades, crecer, moverse, revivir y Dios los estaba escogiendo a ellos para hacerlo, para vivirlo, para marcar la pauta, para dar un paso adelante, para ir al frente, para aprender, para enseñar, para madurar; ¡y eso mismo hace hoy en día con nosotros! Pero nosotros a veces nos quejamos, no entendemos, nos frenamos, nos resistimos, reclamamos y sólo actuamos como necios cuando lo único que deberíamos hacer es dejarnos llevar por el Espíritu Santo, por su sabiduría, por su certeza, por su amor y su fidelidad.

¿Qué daño pude hacernos nuestro Dios?, ¿qué mal querría hacernos si sólo nos ha amado desde la eternidad hasta traernos a su luz admirable? Ningún mal recibiremos de parte de nuestro Padre Celestial. El problema es que no confiamos en Él, queremos resolverlo nosotros solos, confiando en nuestras propias fuerzas, tener el control nosotros solos.

Por eso en Hebreos 11 tenemos los ejemplos de fe y confianza en Dios de Noé, de Abraham, de Sara, de José quienes murieron sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos y creyéndolo y saludándolo. Pero el no haberlo recibido en vida no significó que Dios no lo cumpliera, porque hasta
nuestros días vemos la promesa de Dios cumplida, porque fiel e inmutable es el Dios en quien confiaban y en quien confiamos.

Hebreos 11: 22 “Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel y dio mandamiento acerca de sus huesos”; sin verlo, creyó en que Dios daría un nuevo lugar al pueblo de Israel, un lugar
exclusivamente para ellos, y sus huesos no se quedarían en Egipto, sino que quiso que fueran llevados con su pueblo a donde Dios los llevaría.

El aprendizaje es creer, confiar en Dios, vivir con Él, saber que Dios siempre tendrá algo preparado para nosotros, siempre tendrá un cambio y una renovación ya que nuestra meta es alta: llegar a la estatura del varón perfecto, que es Jesucristo (Efesios 4:13). Parecernos más a Cristo que ama, que perdona, que no guarda rencores y que transmite una paz que el mundo no da.

No nos neguemos a la renovación que nuestro Dios quiere para nosotros y cambiemos sabiendo que Él siempre traerá mejoras para nosotros.

Nehemías 11.1-14 / Hebreos 11.13-22, TLA

Los jefes del país se quedaron a vivir en Jerusalén, que es la ciudad de Dios, y el resto del pueblo hizo un sorteo para elegir quiénes irían a vivir allá también. De cada diez familias una debería ir, y las otras nueve se quedarían en las demás poblaciones. Algunos se ofrecieron voluntariamente para ir, y el pueblo le pidió a Dios que los ayudara en todo.
Los sacerdotes, los ayudantes de los sacerdotes, los servidores del templo de Dios, los descendientes de los sirvientes de Salomón, y todos los demás israelitas, se quedaron a vivir en sus respectivas propiedades en la provincia de Judá. Ésta es la lista de los líderes del pueblo que vivieron en Jerusalén:
4-6 De la tribu de Judá se quedaron a vivir Ataías y su familia. Éstos fueron sus antepasados: Ozías, Zacarías, Amarías, Sefatías, Mahalalel y Fares.
De los descendientes de Fares se quedaron a vivir en Jerusalén cuatrocientos sesenta y ocho hombres valientes para la guerra. También se quedó a vivir en Jerusalén Maaseías. Éstos fueron sus antepasados: Baruc, Colhozé, Hazaías, Adías, Joiarib, Zacarías y Siloní.
De la tribu de Benjamín se quedó a vivir Salú. Éstos son sus antepasados: Mesulam, Joed, Pedaías, Colaías, Maaseías, Itiel, Isaías.
También se quedaron Gabai y Salai, que eran familia de Salú. En total, de la tribu de Benjamín se quedaron en Jerusalén novecientas veintiocho personas. El jefe de ellos era Joel hijo de Zicrí, y el segundo jefe de la ciudad era Judá hijo de Senuá.
10 De los sacerdotes se quedaron en Jerusalén Jedaías, Jaquín 11 y Seraías. Los antepasados de Seraías fueron: Hilquías, Mesulam, Sadoc, Meraiot y Ahitub, jefe principal del templo de Dios. 12 Con ellos se quedaron ochocientos veintidós de sus compañeros que trabajaban en el templo.
También se quedó el sacerdote Adaías. Sus antepasados eran: Jeroham, Pelalías, Amsí, Zacarías, Pashur y Malquías. 13 Los líderes de la familia de Adaías eran doscientos cuarenta y dos en total.
Otro sacerdote que se quedó fue Amasai; éstos fueron sus antepasados: Azarel, Ahzai, Mesilemot e Imer. 14 Con él se quedaron ciento veintiocho de sus parientes, que eran guerreros, y su jefe era Zabdiel hijo de Guedolim.
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13 Todas las personas que hemos mencionado murieron sin recibir las cosas que Dios les había prometido. Pero como ellos confiaban en Dios, las vieron desde lejos y se alegraron, pues sabían que en este mundo ellos estaban de paso, como los extranjeros. 14 Queda claro, entonces, que quienes reconocen esto todavía buscan un país propio, 15 y que no están pensando en volver al país de donde salieron, pues de otra manera hubieran regresado allá. 16 Lo que desean es tener un país mejor en el cielo. Por eso Dios les ha preparado una ciudad, y no tiene vergüenza de que le llamen su Dios.
17 Abraham confió en Dios cuando Dios quiso probar si él lo obedecería o no. Por eso Abraham tomó a su hijo Isaac para ofrecerlo como sacrificio. No le importó que fuera su único hijo, 18 ni que Dios le hubiera prometido que por medio de Isaac tendría muchos descendientes. 19 Abraham sabía que Dios tiene poder para hacer que los muertos vuelvan a vivir. Esa confianza hizo que Abraham no tuviera que matar a su hijo; y fue como si Isaac hubiera vuelto a vivir.
20 Isaac confió en Dios, y por eso les prometió a sus hijos Jacob y Esaú que Dios los iba a bendecir.
21 Jacob confió en Dios y, por eso, cuando ya estaba por morir, les prometió a los hijos de José que Dios los iba a bendecir. Luego, se apoyó en la punta de su bastón y adoró a Dios.
22 José confió en Dios y, por eso, poco antes de morir, anunció que los israelitas saldrían libres de Egipto, y dejó instrucciones para que supieran qué hacer con sus huesos.

domingo, 13 de octubre de 2019

Letra 640, 13 de octubre de 2019


LA RECONSTRUCCIÓN INTEGRAL DEL PUEBLO DE DIOS
EL PROFETA ZACARÍAS (IV)
Samuel Amsler
Los últimos profetas. Ageo, Zacarías, Malaquías y algunos otros
Estella, Verbo Divino, 1996 (Cuadernos bíblicos, 90).

Visión central (4.1-6a + 10b-14)
Resultado de imagen para zechariah prophetEn medio de la noche es cuando va a surgir la visión más impresionante de todas. El profeta se muestra allí especialmente atento. Desea que el lector comprenda que no se trata de un simple sueño que haya tenido el profeta mientras dormía. No; se trata de una revelación que requiere por su parte la mayor vigilancia.
Aparece a los ojos del profeta un candelabro de oro llevando siete lámparas, cada una de las cuales brilla con siete llamas (vv. 2-3). La descripción de este candelabro muestra que no tiene la forma tradicional
de la menorah de siete brazos. Hay que representárselo más bien bajo la forma de un gran recipiente en pie y muy ancho, en cuyo borde superior están fijadas las siete lámparas con siete picos. El profeta se siente tan impresionado que confiesa que no comprende lo que está viendo (vv. 4-5).
En este momento del relato intervienen tres oráculos que desplazan la atención sobre Zorobabel y sobre su papel en la reconstrucción del templo (vv. 6b7.8-9 y 10). Una vez más es el redactor el que debió intercalarlas aquí, aunque de manera menos afortunada que otras veces, ya que aquí cortan el hilo del relato.
Introducida en el v. 6a, la identificación del candelabro por el ángel-intérprete se expresa en el v. 10b: el candelabro de oro no es otro más que el mismo Señor; las siete lámparas simbolizan sus ojos, de los que no se escapa nada en la tierra.
Segunda escena: aparecen dos olivos, uno a cada lado del candelabro (v. 11). Los va a identificar el ángel-intérprete: son los dos jefes actuales de la comunidad, el gobernador Zorobabel y el sumo sacerdote Josué, que van a recibir la unción de aceite (4,14).
Como vemos, la visión juega de manera sugestiva con la doble función del aceite, producto del olivo: el aceite es lo que alimenta las lámparas, pero sirve también para la unción del rey o del sacerdote. La declaración final evita utilizar el verbo específico de la unción, para dejar cierto misterio a la revelación. Pero la designación es clara: los jefes actuales de la comunidad son ya los que el Señor ha escogido para ser los ministros del reino que va a establecer sobre el mundo entero.
El v. 12 introduce una interpretación diferente de la visión: el profeta hace otra pregunta sobre las dos ramas de los olivos que alimentan el depósito del candelabro. Esta pregunta, que acompaña a la del v. 11, induce el sentido diferente que se dio más tarde a esta misma visión: el candelabro no representaría a Dios mismo, al que se considera demasiado transcendente para aparecerse a un hombre, incluso bajo una forma simbólica. Representa a la comunidad, sostenida y dirigida actualmente por sus dos jefes. Comprobamos que una misma visión se presta a varias interpretaciones ulteriores.
Así pues, la visión central trae esta buena nueva: el Señor que domina sobre toda la tierra ha escogido ya a los ministros de su reino. ¡Y esos ministros están ya presentes! La designación de dos ministros mesiánicos de la misma categoría es muy interesante. Refleja, en el mensaje de Zacarías, la distribución del poder tal como existía por aquella época en Jerusalén, en donde la comunidad estaba dirigida a la vez por un gobernador civil y por un sumo sacerdote. Esta distribución es frágil; por eso el profeta se inclina aquí por un equilibrio perfecto entre los dos poderes (cf. Zac 6.13b).

Visión suplementaria (3.1-7)
El relato de esta visión no sigue el mismo esquema que los demás. Es el mismo Señor el que da la visión y el profeta es capaz de identificar inmediatamente lo que ve. Asiste a una escena en el tribunal, presidido por un ángel que representa a Dios y ante el cual el sumo sacerdote Josué es acusado por un personaje llamado “Satán”. El término hebreo no es todavía un nombre propio, sino un nombre de función que se deriva de un verbo que evoca la hostilidad de un adversario. No se sabe de qué acusa a Josué. Pero el ángel que preside el tribunal lo desautoriza e impone silencio a sus críticas. En nombre del Señor que reside en Jerusalén, el ángel-presidente toma la defensa de Josué: se trata de un hombre valiosísimo, que el mismo Señor ha salvado, como a un tizón que se retira del fuego, para que restablezca el culto en el templo.
El profeta asiste entonces a una escena de investidura sacerdotal. Despojan a Josué de sus ropas sucias, símbolos de su pecado, y lo visten con vestidos limpios, traje de fiesta y turbante (vv. 4s). El ángel que preside la escena promete a Josué que, como responsable del culto en el templo, formará parte del círculo de ministros celestiales del Señor, con tal que vele por el cumplimiento de sus preceptos (vv. 6s).
He aquí cómo el profeta tenía que adaptar el mensaje de su visión central en función de la nueva situación, surgida con la desaparición prematura de Zorobabel. Pero he aquí también una manera incisiva de anclar la institución sacerdotal de Jerusalén en el mundo del Reino venidero. ¿No es el culto terreno una especie de repetición general con vistas al gran concierto que será el culto celestial?
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EL PROCESO DE RECONCILIACIÓN ENTRE ETIOPÍA Y ERITREA VALE EL NOBEL DE LA PAZ

De ser ampliamente ignorado por la esfera mediática global, a valer el premio Nobel de la Paz de 2019. La resolución del conflicto fronterizo entre Etiopía y Eritrea, después de dos décadas, figura hoy en todas las portadas y cabeceras después de que el Comité Noruego Nobel haya otorgado el galardón al primer ministro etíope, Abiy Ahmed Ali, “por su esfuerzo en lograr la paz y la cooperación internacional, y en particular, su iniciativa decisiva para resolver el conflicto fronterizo con la vecina Eritrea”.
“Me he sentido muy humilde y emocionado cuando he escuchado la noticia”, ha asegurado Ahmed Ali en una de sus primeras reacciones al anuncio del premio. “La paz es una comodidad muy cara en mi país. Esta es una buena noticia para África, para el este de África, donde la paz es una comodidad muy cara. Estoy seguro de que nos dará energía para trabajar hacia la paz juntos en nuestra región”, ha señalado el primer ministro etíope en declaraciones a la organización del Premio Nobel.
“Invitamos a todos los etíopes a permanecer en el lado de la paz. Esta victoria y reconocimiento es colectiva para todos los etíopes”, han señalado desde la oficina de Ahmed Ali.

Una corta pero intensa carrera política
Ahmed Ali se convirtió en primer ministro de Etiopía en abril de 2018, como consecuencia de las protestas contra el gobierno de Hailemariam Dessalegn. Apenas tres meses después, ya estaba negociando unos acuerdos de paz con Eritrea para poner fin a un conflicto fronterizo que ha marcado las realidades de ambos países durante los últimos veinte años.
Una paz que se formalizaba con la firma, en julio de 2018, por parte de Abiy Ahmed Ali y del autoritario presidente eritreo, Isaias Afewerki. “Cuando escuchamos por primera vez que comenzaban las negociaciones de paz, cada eritreo se llenó de gozo porque hemos estado orando por esto durante mucho tiempo”, señalaba entonces a Protestante Digital el responsable de una iglesia protestante en Eritrea.
“Cuando Abiy Ahmed Ali llegó se convirtió en primer ministro en abril de 2018, él dejó claro que deseaba retomar las conversaciones de paz con Eritrea. Rápidamente trabajó los principios de un acuerdo de paz”, han señalado desde el Comité Noruego Nobel.
Por segundo año consecutivo, el premio, que va acompañado de una dotación económica de más de 8 millones de euros, reconoce la labor de pacificación en el continente africano, ya que en 2018 se le otorgó al médico Denis Mukwege por su labor en la guerra de República Democrática del Congo. Galardón que compartió con la activista kurda yazidí Nadia Murad.
Protestante Digital,
11 de octubre de 2019


sábado, 12 de octubre de 2019

Actividades y avisos


OREMOS POR TODAS LAS ACTIVIDADES DEL MES DE OCTUBRE: QUE SEAN DE BENDICIÓN

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CULTO DE ORACIÓN Y ESTUDIO
Martes 15 de octubre, 19 hrs.
Modera: Pbro. Alejandro Zamorano Á.

Llamamiento: Salmo 118.10-20
Oración de ofrecimiento
Himno: “Guarda el contacto” (523)
Círculo de oración y testimonios
Lectura bíblica: Nehemías 12.37-45
Tema: Distribución de tareas (I)
Himno: “Hay quien vele mis pisadas” (354)
Ofertorio
Bendición pastoral

UNA CRÍTICA AL SACRIFICIO DEL SEGUNDO TEMPLO (II)
Sandro Gallazzi

b)
El conflicto no será sólo “cultual”, sino político y económico. La obra de Nehemías y de Esdras fortalecerá definitivamente al bando de los repatriados (quienes se continuarán llamando así, ¡aún después de cien años!). La tierra será retomada, por ley, por quien es el verdadero Israel, y no se mezcló con los otros “pueblos de la tierra”. El pueblo de la tierra, ya mezclado e impuro desde hace más de 150 años, no es más Israel, no tiene por eso derecho a la tierra (Esd 9.8-12). La amistad y la convivencia con el imperio persa son selladas definitivamente (Esd 7). ¡El grupo de los repatriados va a tener la hegemonía con las bendiciones del emperador!
c. El proyecto construido por Nehemías, fue un proyecto eminentemente “urbano” (¡la Judea había sido reducida a una pequeña área alrededor de Jerusalén!). Jerusalén y el templo serán el centro del poder. El sumo sacerdote y los ancianos (la comunidad), ejercerán este poder.
La tierra, el campo, tendrá que sustentar y mantener a la ciudad, al templo, a los sacerdotes, a los hombres del poder (Neh 10). Esta “manutención” se dará mediante el diezmo, cobrado forzosamente, y sobre todo, desconfiamos, por medio del “sacrificio por el pecado”, del cual hablaremos posteriormente.
d. Sin embargo, una cosa es importante: el segundo templo será capaz de reducir el espacio profético y de controlarlo. El templo es el lugar donde será promulgada la “ley” que Esdras trae de Babilonia, con el apoyo irrestricto del rey (Esd 7.11-28). La “lectura”, la “explicación”, la “traducción”, toman el lugar de la palabra profética. El libro escrito asume un papel sagrado; en él está contenida la Palabra. El libro debe ser leído, traducido e interpretado (Neh 8.1-8). El escriba, el rabino, el maestro, el teólogo, ¡toman el lugar del profeta! El templo no es ya más roca: será el lugar de la palabra y de su interpretación legítima. El resto se tornará “apócrifo”, “herético”...
No fue tanto el fin de la monarquía el que inviabilizó el profetismo, cuanto la centralización del templo y del libro, del cual el templo se apropia. El “profetismo” deberá descubrir otros caminos, otros canales, para manifestarse. Es nuestra hipótesis que este camino será trazado por las “novelas”, por los “poemas”, único espacio de contestación al proyecto urbano y “templario”.
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PRÓXIMAS ACTIVIDADES

20 – Película especial: Miguel Servet: la sangre y la ceniza
27 – Día de la Reforma Protestante  / Culto Unido de la CMIRP: Iglesia Antioquía

"Y no abandonaremos la casa de Jehová": la fe colectiva a prueba, L. Cervantes-O.

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13 de octubre, 2019

Nunca descuidaremos el templo de nuestro Dios. Nehemías 10.39b, TLA
Y no abandonaremos la casa de Jehová. RVR 1960

El compromiso moral, espiritual y religioso que hizo el pueblo judío con Yahvé en la época de Esdras y Nehemías estuvo marcado por una fuerte preocupación acerca de su identidad y su destino en el futuro cercano. La recuperación de sus bases comunitarias tuvo lo religioso como plataforma principal. El templo, la ley, el sacerdocio y el culto fueron reinstalados en la conciencia colectiva para reforzar la memoria religiosa y teológica que colocaba a Israel como parte de un proyecto divino que, necesariamente, iba más allá de su desarrollo histórico. Comprender esto último incluyó aspectos que resultaron dolorosos para esa generación, especialmente al momento de procesar el hecho de que, al menos por el momento, no recuperarían su independencia y debían seguir subordinados a la voluntad del imperio persa. El desafío consistió en situarse, dentro del mismo, como parte del designio divino y de la política específica de ese imperio que buscaba consolidar su posición estratégica en el antiguo Canaán. “La comunidad judía, al renovar el pacto antiguo, se convirtió en una prolongación histórica y legal del Israel preexílico. Esa realidad les daba la oportunidad de participar y disfrutar de las promesas de restauración nacional”.[1] La lectura de los acontecimientos atraviesa también por la necesidad de ver la reconstrucción integral del pueblo como condición esencial para la marcha de la historia de la salvación, tal como se entendía en ese momento.

Luego de la narración de la renovación del pacto y de la identificación de los líderes que firmaron el documento legal, el autor-cronista destaca varios aspectos de la ley que debían ser enfatizados. El objetivo del relato no es presentar un tratado abstracto de los principios que enmarcan la relación entre Dios y la humanidad, sino la identificación de varias leyes que tenían implicaciones inmediatas y concretas para el pueblo. Un pacto que se basa en principios generales y no tiene- relevancia en situaciones concretas es solo un documento vacío de significado.[2]

Luego de la promesa de mantener la pureza racial (10.30), se enumeran los compromisos concretos: en primer lugar, la importancia del sábado para la vida del pueblo (31), pues la comunidad ya “tenía dificultades en observar estos días especiales, posiblemente por la presión de los comerciantes (cf. Neh 13.16). La referencia a ‘remitir’ o ‘perdonar’ toda deuda puede ser una alusión a Dt 15.1-3 (cf. Neh. 5)”.[3] “Durante el sábado, nadie en adelante compraría mercaderías, especialmente el trigo llevado a la ciudad por el pueblo de la tierra. Es la victoria de Nehemías. Cambió el rumbo del mercado: el trigo, ahora, viene del campo hacia la ciudad. El pueblo de la tierra, ahora, gravita en torno de Jerusalén. Sanballat y Gosen, el árabe, perdieron espacio. Asdoditas y amonitas serán todavía un problema (Neh 13.1-3). Tobías se mantendrá fuerte por mucho tiempo”.[4] Los vv. 32-33 se refieren a varios aspectos relacionados con el buen funcionamiento del personal cúltico del templo: el pueblo se comprometió a sufragar los gastos de operación del Templo. “Los mismos incluían los gastos relacionados con el pan de la proposición (cf. I Cr 9.32; II Cr. 13.11); la ofrenda continua (Nm 28.1-8); el holocausto continuo (Ex 29.38-42); los días de reposo, las lunas nuevas y las festividades (Nm 28.9-31; 29.1-39); y los sacrificios por la expiación del pueblo”.[5]  Además, se comprometieron a mantener el Templo en buenas condiciones.

Echar suertes para identificar personas y fijar responsabilidades es conocido en la literatura bíblica (cf. 1 S 10.19-27; Hch 1.12-26). En este caso el propósito era repartir la responsabilidad de la leña para los sacrificios (34). Levítico indica (1.17; 6.12-7.38) que debía haber suficiente leña para los sacrificios, pero no se fijaban las responsabilidades sobre ninguna familia o persona. Los vv. 35-39 subrayan la importancia de mantener al personal que trabajaba en el Templo. “Se debía proveer alimentación adecuada para los sacerdotes y los levitas. Las ofrendas de ‘las primicias de la tierra y del fruto de todo árbol’ (v. 35), unida a las ofrendas de ‘los primogénitos de los animales’ (v, 36), se llevaban al Templo para que sirvieran de comida a los trabajadores cúlticos. Esas ofrendas se unían a los diezmos, para proveer el sustento necesario de todo ese personal”.[6]
Entre las ofrendas que el pueblo se comprometió llevar al templo se encuentran las siguientes:

a) las primicias de la fierra (Ex. 23.19; 34.26; Dt. 26.1-11);
b) los primogénitos de los hijos, que podían ser redimidos con una ofrenda (Ex 13.13; 34.20), y los primogénitos de los animales (Ex. 13.12; Nm. 18.17; Dt 12.6).
c) el diezmo (Lv. 27.30; Nm. 18.31), en presencia del sacerdote hijo de Aaron (v. 3). Los levitas llevaban el diezmo del diezmo “a las cámaras de la casa del tesorero” (v. 38).

“La supervisión de los sacerdotes en el proceso de recolección de diezmos es posiblemente una influencia persa. Ese imperio desarrolló un sistema de recolección de impuestos que incluía un supervisor, el cual era responsable ante las autoridades persas. Anteriormente el pueblo llevaba sus diezmos directamente al Templo (Dt 14.22-29, Am 4.4; II Cr 31.12)”.[7]

Con todo lo anterior se reestablecía el fuerte lazo con la fertilidad de la tierra y de las familias, comprendida como un don de Dios capaz de refutar las creencias de los demás pueblos y de relacionar la vida cultual con la cotidianidad del trabajo, todo ello visto como parte de la alianza con Yahvé. Pero la afirmación final del capítulo es lo más relevante para resumir todo el esfuerzo interpretativo y de compromiso legal y moral del pueblo: la afirmación tajante de no abandonar nunca el templo de Yahvé implicaba una actitud firme y sostenida para afianzar la responsabilidad y la fidelidad a las intenciones divinas de manifestar su voluntad en el mundo. “La novedad política es significativa: a partir de ahora el templo deja de ser un templo solamente estatal, mantenido solo por el rey, y pasa a ser sostenido también por la colaboración de cada judaíta”.[8] El pueblo debía llevar sobre sus hombros la responsabilidad de mantener el culto en todas sus formas y manifestaciones como algo propio, inseparable de su existencia completa. Por encima de todo estaría la búsqueda de fidelidad del pueblo al pacto con Dios.

La fidelidad no es un producto del azar, sino el resultado de una convicción firme y clara. Ser fiel está íntimamente relacionado con la capacidad de evaluar críticamente la realidad que nos circunda, la valentía para descubrir y reconocer públicamente nuestra condición, y la seguridad de que Dios está interesado en establecer un pacto con la humanidad.
La fidelidad es una cualidad indispensable. Esa fidelidad, que viene como producto de una autoevaluación seria y profunda, fomenta un programa congregacional relevante y un estilo de vida adecuado en el creyente. Esa fidelidad, además, mueve a los creyentes a evaluar críticamente la sociedad.[9]


[1] S. Pagán, op. cit., p. 175.
[2] Ibíd., p. 178.
[3] Ibíd., p. 175.
[4] Sandro Gallazzi, “Aspectos de la economía del segundo templo”, en RIBLA, núm. 30, 1998, p. 71. Énfasis original.
[5] S. Pagán, op. cit., p. 175.
[6] Ibíd., p. 176.
[7] Ídem.
[8] S. Gallazzi, op. cit., p. 71. Énfasis original.
[9] S. Pagán, op. cit., p. 177.

Nehemías 10.30-39 / Hechos 7.39-50, TLA

30-39 Todos nosotros nos comprometimos a cumplir con lo siguiente: Ninguno de nuestros hijos o hijas se casará con gente de otro país.
Si un extranjero viene a vendernos trigo u otros productos en día sábado o en cualquier otro día festivo, no le compraremos nada.
Cada siete años dejaremos de trabajar la tierra y perdonaremos lo que se nos deba.
Cada año daremos una contribución de cuatro gramos de plata para los gastos del templo de nuestro Dios. Eso servirá para comprar el pan dedicado a Dios, el cereal y los animales para la ofrenda diaria, las ofrendas de los sábados y de luna nueva, y de todas las otras fiestas religiosas. También servirá para comprar las ofrendas por el perdón de nuestros pecados, y para las ofrendas en general.
Cada año los sacerdotes y sus ayudantes, junto con todo el pueblo, echarán suertes para saber a qué grupo familiar le toca traer la leña que debe ser ofrecida y quemada sobre el altar de nuestro Dios, según lo que está escrito en el libro de la Ley.
Cada año traeremos al templo de Dios las primeras cosechas de lo que produzcan nuestras tierras, y los primeros frutos de nuestros árboles.
Presentaremos nuestros primeros hijos ante los sacerdotes del templo, para dedicarlos a Dios. Además llevaremos el primer ternero de cada vaca y el primer cordero de cada oveja.
Llevaremos a los sacerdotes la masa hecha con el primer trigo de nuestras cosechas, los primeros frutos de nuestros árboles, el primer vino, y el primer aceite. Ellos lo guardarán en los almacenes del templo de nuestro Dios.
Entregaremos a los ayudantes de los sacerdotes la décima parte de lo que produzcan nuestras tierras, porque a ellos les toca recoger esas contribuciones en nuestras poblaciones.
Un sacerdote descendiente de Aarón acompañará a los ayudantes cuando vayan a recoger los diezmos, y luego ellos llevarán una décima parte de esa contribución a los almacenes del templo de nuestro Dios. Todos nosotros llevaremos las contribuciones de trigo, vino y aceite a los almacenes donde se guardan los utensilios del templo, y de los sacerdotes, ayudantes, vigilantes de las entradas y cantores.
Nunca descuidaremos el templo de nuestro Dios.
*
39 Pero los israelitas fueron rebeldes. No quisieron obedecer a Moisés y, en cambio, deseaban volver a Egipto.
40 Un día, los israelitas le dijeron a Aarón, el hermano de Moisés: Moisés nos sacó de Egipto, pero ahora no sabemos qué le sucedió. Es mejor que nos hagas un dios, para que sea nuestro guía y protector.
41 Hicieron entonces una estatua con forma de toro, y sacrificaron animales para adorarla. Luego hicieron una gran fiesta en honor de la estatua, y estaban muy orgullosos de lo que habían hecho. 42 Por eso Dios decidió olvidarse de ellos, pues se pusieron a adorar a las estrellas del cielo.
En el libro del profeta Amós dice: “Pueblo de Israel, durante los cuarenta años que anduvieron por el desierto, ustedes nunca me presentaron ofrendas para adorarme. 43 En cambio, llevaron en sus hombros la tienda con el altar del dios Moloc y la imagen de la estrella del dios Refán. Ustedes se hicieron esos ídolos y los adoraron. Por eso, yo haré que a ustedes se los lleven lejos, más allá de Babilonia.
44 Allí, en el desierto, nuestros antepasados tenían el santuario del pacto, que Moisés construyó según el modelo que Dios le había mostrado. 45 El santuario pasó de padres a hijos, hasta el tiempo en que Josué llegó a ser el nuevo jefe de Israel. Entonces los israelitas llevaron consigo el santuario para ocupar el territorio que Dios estaba quitándoles a otros pueblos. Y el santuario estuvo allí hasta el tiempo del rey David.
46 Como Dios quería mucho a David, éste le pidió permiso para construirle un templo donde el pueblo de Israel pudiera adorarlo. 47 Sin embargo, fue su hijo Salomón quien se lo construyó.
48 Pero como el Dios todopoderoso no vive en lugares hechos por seres humanos, dijo por medio de un profeta:
49 El cielo es mi trono;
sobre la tierra apoyo mis pies.
Nadie puede hacerme una casa
donde pueda descansar.
50 Yo hice todo lo que existe.

Apocalipsis 1.9, L. Cervantes-O.

29 de agosto, 2021   Yo, Juan, soy su hermano en Cristo, pues ustedes y yo confiamos en él. Y por confiar en él, pertenezco al reino de Di...