lunes, 27 de agosto de 2007

Letra 38, 26 de agosto de 2007

LA BIBLIA, LIBRO DE LIBROS (III): LA LECTURA COTIDIANA DE LA BIBLIA, ACCIÓN ESPIRITUAL Y TAREA CULTURAL
Anuario de las Sociedades Femeniles Presbiterianas 2000


3.1 La lectura cotidiana de la Biblia
Hablar de la lectura cotidiana de la Biblia remite, obligatoriamente, al problema de la lectura en México, entendida como una tarea educativa, formativa y crítica, además de ser un ejercicio placentero, una posible puerta de acceso hacia el mundo de la imaginación y la fantasía. Estadísticamente, se considera que la población de nuestro país no alcanza a leer más de un libro por año, lo cual refleja agudamente el grado de interés por la lectura. En otras palabras, en las escuelas se alfabetiza, es decir, se aprende la técnica para leer, pero no se le convierte en arte, en pasión, en búsqueda personal. El amor a la lectura no surge de la nada: cada contacto con un libro, una revista o un periódico, debe responder a una necesidad profunda de la persona por ampliar sus horizontes, su perspectiva, su comprensión general del mundo en que vive.
La tradición protestante incluye como una de sus prácticas más visibles la fuerte insistencia en la necesidad de leer la Biblia cotidianamente, de tal forma que los miembros de las congregaciones e iglesias son continuamente estimulados a no abandonar dicha práctica. Desafortunadamente, el desgaste y la sustitución de este hábito por prácticas más atractivas y aparentemente más redituables (es decir, de las que se obtendrían más beneficios), ha propiciado que la lectura de la Biblia atraviese por una fuerte crisis de profundidad y de aprovechamiento. Aunado a esto hay que señalar la fuerte competencia de los medios masivos de comunicación (obviamente en primer lugar la televisión), que reducen el tiempo efectivo de lectura en todos los ámbitos sociales. De ahí que, si tradicionalmente se creía (y había una buena dosis de verdad en ello) que las iglesias evangélicas fomentaban ampliamente la lectura, en tiempos recientes ya no se puede afirmar lo mismo, debido a que no han podido escapar de la situación que prevalece en el restro de la sociedad.
La gente que adquiere el hábito de la lectura en el seno de las comunidades evangélicas considera a la Biblia como varias cosas al mismo tiempo: como libro sagrado que le transmite las verdades divinas; como libro de orientación religiosa que le enseña a vivir; como libro que contiene historias edificantes y apasionantes, como libro de texto que le transmite enseñanzas y doctrinas fundamentales; etcétera. Tal vez, la consideración con mayor peso sea la última, sobre la cual se pueden hacer un par de observaciones: por un lado, la comprensión de la Biblia como libro de texto hace que los y las creyentes sean lectores cautivos de un mismo libro, favoreciendo la creación y consolidación de un espacio permanente de lectura. Por otro lado, casi todo tipo de lectura obligatoria crea mecanismos de rechazo hacia la misma. Ante ello, resulta urgente la búsqueda de nuevos mecanismos que hagan permanecer constante el interés por apropiarse de las riquezas de la Biblia en todos los ámbitos eclesiásticos, empezando, naturalmente, por la lectura personal.

3.2 Leer la Biblia, acción espiritual
Si los intereses espirituales de los lectores de la Biblia responden, en primer lugar, a la vivencia cristiana que se experimente dentro y fuera de los lugares de culto, la lectura cotidiana que lleven a cabo responderá a los lineamientos o las orientaciones que dichos intereses tienen. La espiritualidad que brota de la Biblia se confronta con la que asume quien la lee y la pone en riesgo de ser transformada por el poder del Espíritu que actúa a través de la Palabra escrita, depósito y fuente de vida para todo ser humano. La lectura de la Biblia se convierte, entonces, en un acto espì ritual, siempre y cuando se reconozca en ella a un interlocutor, a una persona viviente que se dirige ansiosamente a la humanidad para entablar un diálogo fecundo y libertador.
Acercarse continuamente a la Biblia implica experimentar previamente un sentido de dependencia, de necesidad y de reconocimiento del vacío personal que solamente las palabras divinas pueden llenar. Leer la Biblia sirve para obtener y acrecentar la fe, para aprender a orar, para confesarse delante de Dios, para apropiarse de una voz que permita alabarle con conocimiento de causa debido a sus acciones gloriosas. Leer la Biblia permite conectarse con la historia de la salvación para sumarse a ella a través de la fe en un protagonismo vital auténtico que permite entender a los personajes bíblicos como compañeros de camino, como camaradas en la lucha constante por comprender y aplicar la voluntad de Dios a la vida diaria. Leer la Biblia es un acto espiritual porque ofrece la oportunidad de optar por la vida y no por la muerte en un mundo dominado por ésta. A eso se refirió Jesús de Nazaret cuando exhortó a sus contemporáneos a escudriñar los textos sagrados para encontrarse con él, como centro de los mismos, de principio a fin (Juan 5.39). De eso habla Pablo de Tarso cuando afirma que la fe sólo puede proceder de una atenta actitud de escucha de la Palabra de Dios (Romanos 10. ).
En la búsqueda de elementos que permitan comprender el carácter espiritual de la lectura de la Biblia, el Salmo 119 es de gran ayuda, debido a la pluralidad de enfoques con que los escritores bíblicos se plantearon la importancia y la centralidad de la Ley (sinónimo de la Palabra escrita) en la vida del pueblo de Dios. Con ese fin, se señalarán a continuación algunas características de dicho salmo.

a) En su forma, es un acróstico, esto es, está dividido en secciones antecedidas por cada una de las 22 letras del alfabeto hebreo (cuyos caracteres aparecían todavía en la revisión 1909 de la Biblia Reina-Valera). Ante tanta reiteración de la importancia de los mandamientos divinos, se trata de un recurso de estilo que permita una lectura más atractiva.
b) Se usan muchos sinónimos, perceptibles incluso en las traducciones, para referirse a la Palabra escrita de Dios: Ley (vv. 1, 18, 29, 34, 44, 51, 55, 70, 72, 77, 85, 97, 109, 113, 142, 150, 153, 163, 174); Palabra(s) (vv. 9, 17, 25, 28, 38, 4349, 57, 65, 81, 101, 103, 105, 116, 123, 130, 133, 139-140, 158, 160); caminos (vv. 3, 15, 33, 35); mandamientos (vv. 4, 10, 15, 19, 21, 27, 32, 45, 56, 63, 69, 86, 104, 110, 127, 134, 141, 159, 166, 172, 176); estatutos (vv. 5, 8, 12, 16, 26, 33, 54, 71, 83, 118, 135, 171); testimonios (vv. 14, 24, 31, 46, 59, 79, 88, 99, 125, 138, 146, 157, 167); juicios (vv. 7, 20, 30, 39, 43, 62, 75, 102, 106, 137, 164); etcétera.
c) Las expresiones poéticas aplicadas a la Ley son intensas y significativas:

Se deshace mi alma de ansiedad;
Susténtame según tu palabra. (v. 28)
Mejor me es la ley de tu boca
Que millares de oro y plata. (v. 72)
¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras!
Más que la miel a mi boca (v. 103)
Lámpara es a mis pies tu Palabra,
y lumbrera a mi camino (v. 105)




Lo anterior ejemplifica el esfuerzo de los escritores bíblicos por situar la lectura espiritual de la Biblia en un marco literario atractivo que refuerce el propósito de la misma, otorgando a quien la realiza un soporte formal adecuado para su edificación como creyente.

3.3 Leer la Biblia, tarea cultural
La lectura cotidiana de la Biblia es un tarea cultural porque pone en contacto, en las iglesias, a una gran mayoría de personas que no siempre pueden tener acceso a un tipo de lectura más elaborada o de buena calidad. Aun dentro de una comprensión superficial de la cultura, la familiaridad que tiene la gente sencilla con la versión Reina-Valera de la Biblia (sobre todo en la revisión de 1960), le presta un servicio inestimable a su mejoramiento cultural. Además, la existencia de una gran variedad de nuevas versiones castellanas amplía el panorama de los lectores atentos porque facilita la posibilidad de compararlas con el fin de aclarar o apreciar el valor de las traducciones en sí. El simple hecho de incorporar al vocabulario una buena cantidad de palabras, expresiones y giros idiomáticas al lenguaje posibilita la superación en la expresión oral y escrita.
En términos de los que se conoce vulgarmente como “cultura general”, el conocimiento serio y profundo del contenido de la Biblia proporciona un excelente trasfondo cultural. Incluso el manejo adecuado de las doctrinas como resultado de una lectura atenta del Nuevo Testamento hace posible que la transmisión del mensaje cristiano a cualquier nivel social sea fluida y sirva como un sólido cimiento para profundizar más sistemáticamente (es decir, teológicamente) en el estudio. Estas aportaciones contribuyen, al menos de dos maneras reconocibles, a la edificación de la iglesia en su conjunto: sirven, por una parte, para fortalecer la fe, la mentalidad y el conocimiento de los y las líderes futuros de la iglesia y, por otra, para mantener el lazo de las nuevas generaciones con la iglesia, al mismo tiempo que les ayudan en su desarrollo personal.
Si a lo dicho anteriormente en términos de la forma más privilegiada de lectura, la espiritual, le agregáramos el hecho de que cada iglesia o congregación es un taller permanente de lectura, encontraríamos que la tarea cultural que implica la lectura de la Biblia es más intensa de lo que se supone. Por lo tanto, asumir consciente y responsablemente dicha tarea podrá aportar muchos beneficios puesto que una parte importante de la misión cristiana que se ha hecho a un lado, es precisamente la labor educativa y cultural. Si se abrieran centros de alfabetización, el siguiente paso (y el más natural) consistiría en organizar círculos de lectura bíblica para la comunidad, como una forma de divulgación de su mensaje y de evangelización. Recuperar la ineviable vertiente cultural de la misión podría ayudar a ampliar los horizontes y la visión de las comunidades, cualesquiera que sea su ubicación geográfica, nivel social o económico.

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