lunes, 29 de diciembre de 2008

Navidad e historia de la salvación en medio de las crisis, L. Cervantes-Ortiz

7 de diciembre de 2008
Los niños no tienen ideas religiosas, pero sí tienen experiencias místicas, Experiencia mística de no ver seres de otro mundo. Y ver este mundo iluminado por la belleza.
RUBEM ALVES

1. Navidad y experiencia humana primordial
Estamos nuevamente en tiempo de Adviento, a punto de experimentar una vez más la alegría de la intervención directa de Dios mediante el nacimiento de su Hijo en el mundo. La intuición humana ha identificado esto con la imagen de la luz que viene al mundo a iluminar su oscuridad. Nada más exacto: la historia de la salvación es el proceso por medio del cual Dios ha manifestado históricamente su presencia en el mundo. La frase del filósofo griego, modificada por el teólogo Karl Barth, lo expresa maravillosamente: “El ser humano es la medida de todas las cosas desde que Dios se hizo hombre. Y es que en la Navidad celebramos el esfuerzo divino para entrar en la historia y quedarse en ella. A partir de la primera Navidad, Dios se quedó irremediablemente ligado al mundo: Dios se profanizó a sí mismo, se paganizó, se gentilizó. No obstante que desde la antigüedad más remota, en prácticamente todas las religiones existieron mitos de encarnación o transformación de dioses en seres humanos, aquello más bien parecía un juego, un capricho, como las famosas andanzas amorosas de Zeus, quien era capaz de adaptar su apariencia para seducir mujeres. El Dios cristiano no se hace hombre por capricho o para engañar doncellas, aunque la experiencia de María bien podría analizarse como una especie de “seducción del Espíritu”, porque ella se abre al misterio divino con una actitud que le ha granjeado enorme aceptación. Habría que recordar la historia de Jean-Luc Godard, Yo te saludo, María, que puede resumirse así:
El trabajo de Godard narra la historia de María, estudiante, hija del propietario de una gasolinera al que ayuda en sus tareas, aficionada al baloncesto y que recibe un día la visita imprevista de Gabriel en la gasolinera. Éste le anuncia que será madre del hijo de Dios. Preocupada, consulta con un ginecólogo, que le confirma su estado. La situación turba profundamente a la muchacha, la sume en un proceso de desconcierto, disgusto y rechazo, que tras una larga reflexión supera gracias a su generosidad, su espíritu de entrega y el descubrimiento de la fuerza de sus instintos maternales. El novio José, taxista de profesión, informado por el ginecólogo de la virginidad y el embarazo de María, accede a casarse con ella. El niño nace felizmente, pero pronto abandona a los padres. La obra es una fábula dramática ambientada en 1984, que trata de explicar la concepción de María, el desgarro emocional que provoca en ella y las razones de su aceptación. La fotografía combina postales brillantes tomadas del natural y composiciones de interior muy cuidadas, iluminadas con maestría, y de gran belleza visual. La banda sonora contiene fragmentos de Bach y Dvorak (el prólogo incluye fragmentos de Chopin y Mahler). Los desnudos de María se presentan con respeto, naturalidad y exentos siempre de sensualidad. La interpretación de los protagonistas es exquisita y convincente. La acción se desarrolla a ritmo pausado, que subraya la belleza y la fuerza poética de la obra. (www.filmaffinity.com/es/reviews/1/874528.html).
Rubem Alves ha dicho que él contaría esta historia mediante la metáfora del oído, es decir, cómo llega la Palabra divina y penetra en el oído de María para embarazarla a partir de la belleza. Dios viene, entonces, y humildemente, desde la oscuridad, entra al mundo humano para aprender otra forma de existencia. Dios no sabía lo que era sentir y vivir desde la humanidad debido a la distancia metafísica que lo separaba de los seres humanos. Como ser humano, el Hijo de Dios tiene que caminar desde el principio y así conocer el hambre, el frío, la sed, el sueño, la angustia, el miedo… Toda la gama de situaciones humanas.
Las crisis humanas es el otro gran referente de la Navidad: en medio de ellas, el Dios de Jesús de Nazaret interviene y toma partido por determinadas situaciones, personas o sectores. No es un Dios indiferente o apático que deja a la humanidad a su suerte. Su manera de intervenir procede de la debilidad, el abajamiento, el vaciamiento: la kénosis de la que habla San Pablo es un proceso de sometimiento del poder de Dios a las debilidades humanas. Cuando escribe a los gálatas y advierte que “venido el cumplimiento del tiempo”, el apóstol ubica la actuación de Dios en un marco histórico que él solo se pone a sí mismo, soberanamente, sin más motivo que el amor que siente por los seres humanos. La discontinuidad entre el tiempo cronológico (cronos) y el tiempo-duración (kairos) se aprecia en el marco conflictivo desde el que parte Pablo para sus afirmaciones. La oposición ley-fe, marcada por la confinación de los seres humanos en el marco estrecho de la ley “antes de que vinieses la fe”, era el rostro oculto, interno, de las oposiciones externas: nacionalidad, sexo y un larguísimo etcétera. Pablo atribuye a esa situación profunda las situaciones externas. Desde la mirada espiritual, el tiempo se venía desplegando como un mural de las intervenciones de Dios hasta llegar a la primera plenitud que fue el nacimiento de su Hijo en el mundo, como cualquier hijo de vecino.

2. Navidad y crisis coyunturales
Los peros de Pablo son sumamente aleccionadores: en Gál 3.23 a 4.7 hay cuatro de ellos, todos iluminadores y directos. “Pero antes de que viniese la fe” (3.23), referido a las condiciones de sometimiento a la ley; “pero venida la fe ya no estamos bajo ayo (paidagogos, 3.25), todavía en el plano de la época antigua, cuando el maestro, el conductor todavía cree que puede enseñarnos mucho y no renuncia todavía a ser nuestro preceptor: es la etapa de la oscuridad; “Pero también digo: entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo”: la posposición de derechos hasta poder alcanzar la mayoría de edad; finalmente, “pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (4.4)”, cuando la historia estaba madura, por fin, para recibir al Hijo de Dios, no antes ni después, cuando la historia se había embarazado lo suficiente y las circunstancias, no el alineamiento de estrellas o planetas, en una coyuntura determinada, como si Dios se impacientara ante la arrogancia de los imperios (algo que se aprecia desde el salmo 2), hace su aparición Dios mismo en la historia en la figura de un niño. “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”, como cualquier persona común y corriente, sin ningún aspaviento, pues estas palabras son el equivalente de la historia que cuentan, con elementos maravillosos, como otros relatos mitológicos, y Pablo desnuda de tal forma el evento de la encarnación de Dios, para que, desprovista de esos detalles ornamentales, los gálatas entendieran la manera en que Dios mismo se enfrentó al predominio de la ley, el verdadero enemigo del plan de Dios y no los demonios u otros seres fantasmagóricos.
“Nacido bajo la ley”: porque la ley es la matriz de las armas de la muerte, las armas de la oscuridad que intentan someter al mundo bajo sus argucias. Sólo que no se cuenta lo suficiente con que el espíritu paternal/maternal de Dios recurre a la sensibilidad y a la ternura para hacerse presente en el mundo y en la vida de cada persona para transmitir su sentido de familiaridad y apego. Nacer bajo la ley es estar bajo el signo de Caín, del pecado, de la injusticia. A Dios, en su Hijo, le hacía falta caminar bajo esa sombra, bajo esa carga que ahora se sigue experimentando en medio de las crisis. La alternativa que Dios ofrece es su filiación, renacer como hijos suyos a la imagen de Jesús, reproduciendo la Navidad en cada vida. Ser hijos de Dios, expresa Pablo, implica hacer uso de ese espíritu de filiación que nos adopta como hijos y nos instala en una nueva situación de libertad y trato amable con lo sagrado, con la vida, con el mundo. La redención de los que están bajo la ley (4.5) es el objetivo máximo de la encarnación de Dios en el mundo. Dios no entra a la historia con bombo y platillo sino de la mano de un niño que desde su precariedad va a enseñarle cómo se vive desde el sometimiento para elevarse, progresivamente, a la dignidad de ser “hijos de Dios”, y a la humanidad, sus posibilidades de recuperar la filiación divina en medio de las crisis que permanentemente aquejan la vida humana. El “Dios con nosotros” en plenitud...

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