lunes, 29 de diciembre de 2008

Navidad, encarnación y situación humana, L. Cervantes=Ortiz

24 de diciembre, 2008

Con la mirada puesta en Jesucristo, es indiscutible que la divinidad de Dios, lejos de excluir, exige su humanidad.
[1]
K. BARTH

1. La Navidad como gran acción divina
La encarnación de Dios en la historia es el elemento fundamental de la fe cristiana, pues expresa la disposición divina por participar directamente de la situación humana, por comprometerse radicalmente con la existencia y sus avatares. Resumida como “la humanidad de Dios”, por Karl Barth, manifiesta cómo el Dios cristiano no se conformó con seguir los sucesos humanos únicamente como espectador o moderador de los mismos, sino que decidió ser protagonista real, eso sí, desde las márgenes de la historia, aun cuando eso implicara tener que partir desde cero, esto es, asumir el anonimato generalizado de las personas sin temor al riesgo de perderse en medio de la historia. Como escribió Gustavo Gutiérrez, siguiendo de cerca de Barth: “El que parte del ‘cielo’ es sensible a aquellos que viven en el infierno de este mundo….En efecto, un auténtico y profundo sentido de Dios no sólo no se opone a una sensibilidad al pobre y a su mundo social, sino que en última instancia ese sentido se vive sólo en ellos…”.
[2] Dios tomó la iniciativa para que, a partir de la existencia concreta de Jesús de Nazaret, su acción pudiera ser vivida como una ascensión, aunque no a los lugares privilegiados del mundo. La encarnación es la acción básica del movimiento de Dios hacia el mundo. Como ha escrito en estos días el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams:

Y la Navidad es, sobre todo, la historia de un Dios que no está interesado en hablarnos acerca de principios. Primero viene la acción, Dios comenzando a vivir una vida humana. Luego viene el llamado: ¿amas y confías en lo que ves en esta vida humana, la vida de Jesús? Y más adelante, las implicaciones: cada uno es capaz de aceptar este llamado, aunque nadie es indispensable. No siempre se puede saber dónde mienten las fronteras acerca de la pertenencia de las personas.
[3]

Efectivamente, para Dios lo primero es la acción y después los principios, las explicaciones racionales, sesudas, minuciosas, como la mayor parte de las veces en la vida. Dios no procede según esquemas dominados por el primado de la razón matemática: su actuación responde más a la pasión que le ocasiona ver el mundo necesitado, no de dogmas o respuestas fáciles, sino de recursos espirituales y valores puestos en marcha por sus acciones incondicionales a favor de la humanidad. La vieja historia de la Navidad, cuyos detalles se han convertido en una escenografía más para arropar nuestros buenos deseos, según los presenta hoy la parafernalia del consumismo, cuenta la manera en que el ser eterno decide ingresar a la vorágine humana para producir cambios efectivos en el rumbo de la historia. Agrega Williams:

El Dios de la historia navideña (y del resto de los Evangelios) no se relaciona con nosotros sobre la base de alguna teoría sino a partir del amor incondicional. Ese acto de amor libre hacia la humanidad entera cambió las cosas, aun para aquellos que no compartieron ni comparten las creencias y doctrinas del cristianismo. Y para aquellos que comparten estas convicciones, amar a Dios y a los demás es un desafío de todos los programas y principios diseñados para preservar solamente el bienestar de personas como nosotros. (Idem)

Dios asume la incomodidad como consigna, pues su entrada este mundo acontece prácticamente por la puerta trasera, justamente allí adonde nadie quiere estar, pues nuestros pesebres y establos de hoy son de utilería para impedir que las cosas se vean cómo realmente fueron y son. De modo que hoy se trata, también, de discernir entre las diversas navidades: la del César, la de los pastores y ángeles, la de la gente sin recursos o la que presenta la tecnología y el dinero, aunque este año hasta el mismo lugar del árbol navideño más grande del mundo está conmocionado por la crisis. Siempre fuimos llamados a practicar este discernimiento, aunque lo pospongamos indefinidamente porque urge más conseguir las envolturas de los regalos en turno. Como lo expresa la nostalgia de Inés Riego de Moine:

Yo quisiera un Dios que me consolara tanto por la poquedad de mi vida como por la abundancia de maldad de una humanidad capaz de generar muerte, dolor y hambre en el desvalido rostro del prójimo burlando la inviolabilidad del mandato universal al amor, aunque el misterio del mal en el mundo me enterrase antes de poder descifrar su sombrío designio.
Yo quisiera finalmente un Dios a quien pudiera mirar a los ojos, un Dios personal, cuya existencia personalísima descubriría en mi interior gracias al increíble acontecimiento de haberse abajado a la condición humana, para tomar contacto directo conmigo, demostrándome así la humildad de su presencia y la infinitud de su amor. En ese Dios cuyo amor me cautiva y me transforma absolutamente, aunque yo no le corresponda en su altura amorosa, quiero yo creer y quisiera invitarte a creer. Un Dios que ha querido hacerse niño para poder mirarnos “al nivel de los ojos” y proponernos en esa mirada un puente para salir de la soledad, la desesperación y el abandono.
En esta Navidad la luz de la eternidad nos acaricia el rostro para ya no dejarnos, ¿puede haber un gozo mayor?
[4]

2. El turno de Belén: historia maravillosa y realidad humana
Acaso un recurso literario más o menos vigente todavía en nuestros días podría ayudarnos a profundizar en la manera que los evangelistas Mateo y Lucas narraron los sucesos de la Navidad original (a diferencia de Marcos y Juan, parcos a más no poder, “desinteresados” por la Navidad: ambos yendo “al grano”, ¿a la sustancia? de las cosas…). Se trata de lo que algunos denominan “realismo mágico” y otros “lo real maravilloso”. Este recurso se aplicó sobre todo a ciertos relatos y novelas del llamado boom latinoamericano y especialmente se puede apreciar en algunas obras de Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier, aunque también está presente en Juan Rulfo. Se desarrolló ampliamente en las décadas de los 60 y 70, como resultado de las discrepancias entre dos visiones que convivían en América Latina en ese momento: la cultura de la tecnología y la cultura de la superstición. Además, surgió como una manera de reaccionar mediante la palabra a los regímenes dictatoriales de la época. Se le puede definir como la convivencia natural, en una misma realidad, de elementos maravillosos y realistas. Así, por ejemplo, en una novela de Carpentier el cielo puede llenarse por completo de mariposas o, en Cien años de soledad, la novela de este tipo por antonomasia, el personaje Remedios la Bella sube al cielo como el propio Jesús en la ascensión (o la propia virgen María según uno de los dogmas más recientes del catolicismo). Gabriel García Márquez dijo al respecto: “Mi problema más importante era destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico. Porque en el mundo que trataba de evocar, esa barrera no existía. Pero necesitaba un tono inocente, que por su prestigio volviera verosímiles las cosas que menos lo parecían, y que lo hiciera sin perturbar la unidad del relato. También el lenguaje era una dificultad de fondo, pues la verdad no parece verdad simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga”. Incluir este tipo de situaciones en historias plagadas de realismo y que son profundamente críticas de la realidad circundante plantea el enorme problema de la verosimilitud, entre otros, porque la familiaridad con lo extraño o lo sobrenatural hace que las personas se “acostumbren” al contacto con lo maravilloso, como una forma de enajenación en el sentido de esperar que sólo con intervenciones mágicas puede cambiar la realidad.
En el caso de Lucas, desapegado del cumplimiento puntual de las profecías a cada paso, las cosas apenas comenzaron a cambiar, puesto que la cadena de acontecimientos que iban contra la normalidad hizo escasa mella en los enormes problemas sociales que rodearon al nacimiento de Jesús. La Navidad original no tuvo los reflectores con que cuenta hoy: se trató de una microhistoria dentro de un conjunto de realidades superpuestas y simultáneas cuyo tejido sólo era apreciado por unos cuantos, especialmente por los dueños del poder y del control. En Mateo, uno de ellos fue Herodes “el Grande”, quien supo leer los signos de los tiempos en la única clave que le importaba: política y fe, fe y política, una combinación siempre explosiva. Herodes era parte del engranaje mediante el cual el poder de la época constituyó el telón de fondo de la maravillosa historia de la Navidad. Esta forma de respuesta a la situación impuesta por el Imperio Romano implicaba que la toma de partido por parte de Dios desencadenaría una serie de sucesos contestatarios desde abajo a dicho engranaje, pero no sin conflictos, pues la historia de la Navidad está llena de detalles que reproducen la historia de Israel, especialmente el esquema persecución-éxodo-retorno. Jesús, desde sus más tierna infancia debe recorrer el camino de su pueblo para presentarse como nuevo libertador. Era el turno de Belén, el lugar del recuerdo del poder para instalar este contra-poder en la historia y refutar las acciones de los poderosos.
La primera parte del relato (Lc 2.1-7) es sumamente escueta y mezcla elementos histórico-políticos con los sucesos específicos del nacimiento de Jesús. El “realismo mágico” inicia en el v. 8 cuando los ángeles hablan con los pastores y anuncian la llegada de “un Salvador” (el cine actual no ha olvidado a los ángeles que se quedan en el mundo: Wim Wenders, El cielo sobre Berlín o Las alas del deseo). La señal no es un suceso maravilloso: es la constatación de la precariedad, la urgencia y la contradicción, ¡el Ungido acostado en un pesebre! Los vv. 13 y 14 son el súmmum de la maravilla: los ángeles expresando en el cielo los buenos deseos de Dios, justamente lo que Roma ya había impuesto por la fuerza de las armas: la paz, que en el mensaje angelical no es para todos sino para las personas de buena voluntad (si se siguen las posibilidades de la traducción). La salvación comienza a gestarse, como bien lo subraya el texto acerca de María, “en el corazón” (v. 19). El v. 15 ya ha sido un retorno a la realidad fáctica, ajena ahora a los prodigios celestiales: el regreso a la realidad es a veces lo más difícil, pero ellos/as “regresaron” a la cotidianidad para encontrarse allí también con las acciones de Dios, lo mismo que se nos pide hoy, viviendo con esperanza en medio de todas las cosas que la desafían.
Como concluye Barth:

¿Y ahora? ¿Podemos continuar ahora […] en la distracción, en la incredulidad, tal vez con un par de hermosos sentimientos navideños? ¿O hemos de fijarnos ahora nuestra atención y ponernos de pie, levantarnos y convertirnos? El ángel del Señor no fuerza a nadie […] Un oyente forzado por la historia de Navidad y una participación forzada en esta historia, que es nuestra propia historia, no sería nada. Se trata de un escuchar libremente esta historia y un participar libremente en esta historia.
[5]
Notas
[1] K. Barth, “La humanidad de Dios”, en Ensayos teológicos. Trad. de C. Gancho. Barcelona, Herder, 1978, p. 20.
[2] G. Gutiérrez, La fuerza histórica de los pobres. Salamanca, Sígueme, 1982, p. 373.
[3] Rowan Williams, “Put aside your principles and remember: all you need is love”, en Telegraph, 21 de diciembre de 2008, www.telegraph.co.uk/comment/personal-view/3885188/Put-aside-your-principles-and-remember-all-you-need-is-love.html.
[4] Prensa Ecuménica, 23 de diciembre de 2008, www.ecupres.com.ar.
[5] K. Barth, “Hoy os ha nacido un Salvador (Lucas 2.10-11)”, en Al servicio de la Palabra. Trad. de B. Girbau. Salamanca, Sígueme, 1985 (Nueva alianza, 78), p. 26.

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